¿Por qué prosperan los malvados? Esta es una pregunta perenne con la que lucha el salmista. Tuve envidia de los insensatos viendo la paz de los impíos, dice, Pues no hay para ellos tormentos; están sanos y rollizos. O, como dice en otro salmo: el impío dice en su corazón: “No se acuerda Dios; ha escondido su rostro, no ve nada”.
Nuestro Señor, por supuesto, nos da una respuesta a esta pregunta en la parábola de hoy. Pero antes de llegar a la respuesta, es importante que sintamos todo el peso de la pregunta. La historia está llena de ejemplos de hombres malvados que disfrutaron de riqueza, poder y paz, del mismo modo que está llena de innumerables víctimas de sus crueldades y abusos. Este es un doble mal, porque no solo los malvados parecen quedar impunes, sino que también a sus víctimas, por lo que podemos ver en esta vida, se les niega la justicia. Y, por supuesto, podemos pensar con razón en las grandes atrocidades y los grandes monstruos de la historia en este sentido, como un Mao, un Stalin o un Leopoldo; pero también podemos mirar más cerca de casa para encontrar ejemplos más cotidianos en el mercado o en los tribunales, en la clínica de abortos o en el centro de detención: los malvados prosperando gracias a su maldad, mientras las víctimas van quedando descartadas a su paso.
Y, a través de todo esto, en medio de tanta injusticia y sufrimiento, Dios parece mantenerse alejado, sin tomarlo en cuenta, sin escuchar los gritos de los pobres y los afligidos. Este enigma —el que un sufrimiento tan injusto sea permitido por un Dios que es todopoderoso, sumamente bueno y omnisciente— se llama comúnmente el Problema del Mal y, aunque carezca de valor como argumento lógico contra la existencia de Dios, puede sin embargo constituir una poderosa dificultad psicológica para aquellos que, de otro modo, depositarían una mayor confianza en Dios. Porque si la única justicia que existe es la que se puede lograr en este mundo, entonces sería más exacto decir que la justicia no existe, que Dios mismo no es justo, y eso sería una causa de desesperación tan grande como si esta vida fuera la única vida que existe.
Así pues, esta es la dificultad por la que se lamenta el salmista, la dificultad en la que nuestro Señor desea hablar con esta parábola. ¿Y qué dice? Primero: El Reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Esto, creo, debería recordarnos lo que encontramos escrito en el Libro de la Sabiduría, aunque en un capítulo anterior al de nuestra primera lectura: Dios no hizo la muerte; ni se goza en la pérdida de los vivientes. Pues Él creó todas las cosas para la existencia e hizo saludables a todas sus criaturas, saludable es todo lo que engendra el cosmos, y no hay en ello veneno mortal, ni el reino del hades impera sobre la tierra. En otras palabras, lo que Dios ha creado es bueno y solo bueno, por lo que, en contra de la objeción implícita, todo lo que es malo, todo lo que es injusto, en la medida en que es malo e injusto, no proviene de Dios. ¿De dónde viene, entonces? Nuestro Señor continúa diciendo: De seguro lo hizo un enemigo mío. El mal que vemos, la maldad que tanto nos perturba, no es obra de Dios, sino que es obra del diablo, quien en su rebelión contra Dios busca involucrarnos también a nosotros en esa rebelión, y mediante sus engaños trabaja para hacernos imitadores de sí mismo, y con no poco éxito. Así, podemos leer más adelante en el Libro de la Sabiduría: Por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen.
Y entonces los siervos le preguntan a el amo: ¿Quieres que vayamos a arrancar la cizaña? Es decir, estos siervos le preguntan a Dios si hará lo que todos esperamos naturalmente que haga, a saber, ordenar que todo este mal, toda esta discordia e injusticia, sea arrancada de raíz y eliminada. Y por eso resulta quizás sorprendente —o al menos lo sería si no fuera por nuestra familiaridad diaria con el mal— que Dios no quiera esto, al menos no en este momento. Pero tras reflexionar un poco, creo que podemos entender más fácilmente el porqué. La primera razón no se menciona aquí, pero encuentra expresión en ese famoso pasaje de Ezequiel: ¿Quiero yo acaso la muerte del impío, dice el Señor, y no más bien que se convierta de su mal camino y viva? Y luego, la segunda razón es la que nuestro Señor da en la parábola: No, no sea que al arrancar la cizaña, arranquen también el trigo. Es decir, los santos, durante esta época presente, están enredados con los pecadores por toda clase de lazos —lazos de familia, de sociedad, de comercio— de tal manera que no se puede dañar a unos sin dañar también a los otros. Y, además, hay muchos pecadores que aún podrían convertirse en santos. Por lo tanto, verdaderamente se perdería mucho trigo al arrancar la cizaña, tanto el trigo que ya lo es como el trigo que aún podría llegar a serlo; y por esta razón Dios se contiene a la hora de aplicar la justicia final, no porque sea injusto, sino más bien por amor y misericordia hacia los elegidos.
Y bien, habiendo dicho todo esto, ¿dónde nos encontramos nosotros en este cuadro? Claramente existimos en este “entretiempo”, con el trigo y la cizaña creciendo juntos hasta el momento de la cosecha final, y de aquí surge el peligro de confundir la paciencia de Dios con la indiferencia, un peligro contra el cual debemos estar siempre en guardia. Porque aunque los malvados prosperen por una temporada, el tiempo de la cosecha se acerca, y como continúa diciendo el mismo salmista que se lamentaba de la prosperidad de los impíos: He pasado, y ya no era; le busqué, y no le hallé. Al final, Dios se acordará del clamor de los pobres, y se hará justicia con los malvados.
La semana pasada escuchamos otra parábola sobre la siembra, y dijimos en nuestra reflexión que era crucial que cuidáramos la tierra de nuestras almas para ser receptivos a esa semilla que es el Evangelio, no sea que la palabra de Dios encuentre en nosotros terreno pedregoso, o espinas, o tierra superficial. Y hoy añadimos a eso una verdad más: si no es la buena semilla la que echa raíces en nosotros, no nos quedaremos neutrales, no nos quedaremos vacíos, sino que, por el contrario, la semilla de Satanás echará raíces en nosotros y crecerá como una enredadera nociva. Uno de las dos crecerá: o el trigo o la cizaña. En última instancia, uno no puede ser neutral, tal como leemos en San Mateo y en San Lucas: El que no está conmigo está contra mí, y el que conmigo no recoge, derrama.
Por lo tanto, cada uno debe preguntarse: ¿qué ha echado más raíces en mi alma, el trigo de Cristo o la cizaña de Satanás? Para la mayoría de nosotros, estoy seguro, descubriremos que hay un poco de cada uno; que la palabra de Dios efectivamente ha echado raíces, pero que lucha con nuestros viejos apegos e inclinaciones al pecado, esa mala hierba que quisiera ahogar ese buen crecimiento que Dios ha plantado dentro de nosotros. Así pues, céntrate en cultivar ese fruto que Dios ha plantado, y sé implacable en arrancar y privar de alimento a esa cizaña que es obra de Satanás. Y haciendo esto, con la ayuda de Dios, cuando llegue la cosecha podremos esperar encontrarnos reunidos en el granero de Cristo, en lugar de ser arrojados a las llamas.


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