Nuestra Señora de Guadalupe

Cuando miramos a Maria, vemos alguien que ha recibido todo lo que ella es. Cuando el ángel la saludó, diciendo, “Ave, llena de gracia,” habló muy adecuadamente, porque con Maria todo es gracia, todo es regalo. Esto debería enseñarnos algo. Excepto a su hijo, Maria es la ser humana más grande de todos los tiempos, y no porque hizo cosas grandes, sino porque consintió para recibir lo que Dios quería darla. Todo esto es decir lo que Maria misma ha dicho más claro: “Proclama mi alma la grandeza del Señor.” Esta es la grandeza de Maria, su grandeza es la grandeza del Señor.

Tengamos esto en cuenta mientas consideramos las lecturas. El profeta Zacarías nos dice, “Muchas naciones se unirán al Señor en aquel día,” pero, en diciendo esto, no entenderíamos que el profeta quiere decir que esto es algo que hacen las naciones como si es algo que ellos mismos inician. Debemos tener en cuenta el ejemplo de Maria. Esta unión entre las naciones y el Señor es algo que el Señor hará, es Él que elige habitar entre nosotros, es Él que elige habitar entre las naciones. La Anunciación muestra esto muy claramente, cuando Gabriel dice a María, “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra.” Cuando leemos Zacarías en la luz del evangelio, entonces, podemos saber que esta gran cosa, la unión del Señor con las naciones, es algo que Dios hará, será hecho en su iniciativa, porque es Él que se levanta de su santa morada para santificar el mundo, y esto empieza en el vientre de María en la Anunciación.

¿Qué puede decirnos esto, entonces, sobre el evangelizador, sobre el misionero? Porque esta fiesta es, sin duda, una fiesta misionera. La primera cosa que debería decirnos es que el misionero no debería ser imperialista. No es la tarea del misionero, y desde el principio los apóstoles no esforzaron, traer los gentiles al templo en Jerusalén, no demandaron circuncisión de convertidos, y tampoco pidieron que cristianos nuevos abandonara su cultura o su historia. Porque en la persona de Jesucristo, Israel verdaderamente se transforma en la luz a las naciones que desde siempre había sido llamado ser, pero luz va afuera, iluminando todo lo que toca, sin consumirlo. Como el fuego de la zarza ardiente, a través de Cristo Israel se convierte en una luz que transforma y además preserva. Cristo va afuera para ser todas cosas y para hacer todas las cosas en su mismo, pero no es como hiciera todo el mismo, no es como que Jesús hiciera todo el mundo judío. El misionero, entonces, no es un colonizador, sino está, como Juan el Bautista, anunciando a las naciones que Cristo está entre ellos, que Cristo está con ellos, que es su carne, que es su sangre que el Hijo de Dios ha asumido para traerlo a la salvación. En esta manera, el evangelio, la Encarnación, es, por su propia naturaleza, un acto de inculturación.

Y ahora miramos a la Virgen de Guadalupe, que se muestra, por virtud de la misma carne y de la misma sangre, ser del pueblo indígena, del pueblo mexicano, de todas las Américas, no para su gloria, sino para la gloria del Señor. La Santísima Virgen vino a Guadalupe para decir a la gente, a un pueblo pobre y subyugado, ¡“Cristo es nacido entre vosotros!” ¿Qué más puede significar el hecho que Nuestra Señora asumió la apariencia de una niña nativa, si no para decir que el Hijo que ella dio a luz es de la misma carne, de carne indígena, de carne mexicana, de carne americana? A San Juan Diego y a su pueblo dice la Virgen, “Sí, entre vosotros es nacido Cristo el niño, él es uno de vosotros. No penséis que Jesús solo es español, porque él es mas que ese. La Encarnación alcanza a la raza humana entera, sí, ¡a México también!” Hay algunos pensamientos, hermanos, que siempre me suscitan un sentido de asombro, y uno de estos es que, en nuestro continente, tan lejos de Palestina que en los días de Jesús ni griego ni judío lo sabía, se puede oír, hoy en día, la alabanza resonante del Dios que ha cruzado montañas, océanos y desiertos para que le amemos y seamos salvados. Y si Cristo ha venido a este continente, ha venido, como siempre, a través de María su madre, y por eso alabamos a la Virgen de Guadalupe como Emperatriz de las Américas, porque si ella es nuestra emperatriz, ¡es porque Cristo su hijo es nuestro rey!

Nuestra Señora de Guadalupe nos enseña que Jesús alcanza a cada ser humano, que él es unido a todas las naciones del mundo, y no en una manera general, idealizada o abstracta, sino en una manera particular, concreta, y sacramental. Cuando fuéramos bautizados, cuando recibimos el Espíritu Santo en nuestra confirmación y cuando consumimos la carne y sangre de nuestro Señor en la Eucaristía, no estamos ocupados por una abstracción, porque la Encarnación no es una abstracción. Cristo realmente está entre nosotros. Esto es lo que nos dice María, esto es lo que María siempre nos ha estado diciendo, desde el pesebre en Belén hasta la colina de Tepeyac hasta hoy.

Esto debería conmovernos, hermanos. Debería cambiar como nos comportamos, como vivimos. Hoy, hemos completado la mitad del Adviento, y este es un tiempo que es, más que cada otro, separado para este propósito: que reflejemos sobre la realidad de la Encarnación, que demos en cuenta con más plenitud que Jesucristo, Dios y hombre, está entre nosotros, y que vendrá otra vez. Debemos prepararnos para esa llegada, debemos preparar espacio en nuestros corazones para Jesús, por abrir nuestros mismos a él, por permitirle transformarnos. Otra vez, siguiendo el consejo de María nuestra madre, deberíamos hacer lo que él nos diga, y para obedecerle en esta manera, debemos ser como María. Siguiendo su ejemplo, debemos aceptar todas las cosas que Dios quiere hacer para nosotros, debemos consentir a las maneras en cual Dios quiere transformarnos. Como los israelitas en la costa del Mar Rojo, solo tenemos que quedar quietos, y Dios logrará cosas grandes. Pero quizás sea difícil quedar quietos, quizás sea difícil dejar al lado nuestra terquedad y ser dócil y apacible como María, la poderosa Emperatriz de las Américas.

Y, sin embargo, esto es nuestra tarea. Esto es el mensaje de Nuestra Señora de Guadalupe, como nos dice, “Mi hijo, vuestro Rey, es entre vosotros, es de vuestro hueso y vuestra carne. Mirad a él, seguid a él. Porque él se levanta ya de su santa morada para traeros, en todas vuestras particularidades, todas vuestras originalidades, a la salvación.” Acatemos el mensaje de la Virgen, para podamos decir con ella, ¡“Proclama mi alma la grandeza del Señor!” porque, al fin, es esta gloria, la gloria de Jesucristo, que es la única gloria.

Posted in

Leave a comment