3.º domingo de Pascua

Comenzando por Moisés y siguiendo con todos los profetas, les explicó todos los pasajes de la Escritura que se referían a él.

Esta última afirmación de San Lucas —que, comenzando por los profetas, les interpretó lo que se refería a él en todas las Escrituras— indica de manera general ese discurso de Jesús que, sinceramente, desearía que tuviéramos con todo detalle. Por supuesto, creemos que Jesús es el cumplimiento de la Escritura y, como Jesús explica a estos dos discípulos en el camino de Emaús, de hecho lo fue. Pero aunque encontramos una afirmación de este hecho, los detalles de cómo Jesús cumple las Escrituras es algo que el evangelista ha pasado por alto.

Por lo tanto, lo que esto significa para nosotros, que a nuestra vez nos acercamos a leer las Escrituras, es que se nos ha dado la llave para abrir su verdadero significado: toda la Escritura apunta a Jesús. Pero nos corresponde a nosotros, a la Iglesia, desentrañar exactamente cómo es así, y este es un tema que merece algunas observaciones.

Porque cuando se trata de la Escritura, hay al menos dos trampas que debemos evitar si queremos que las Escrituras hablen verdaderamente como Dios dispuso; cada una de las cuales constituye un fracaso de mantener en adecuada tensión dos verdades que la Iglesia articuló en el Concilio Vaticano II, en la Constitución Dogmática Dei Verbum. Pues como leemos en ese documento:

«En la redacción de los libros sagrados, Dios eligió a hombres, que utilizó usando de sus propias facultades y medios, de forma que obrando El en ellos y por ellos, escribieron, como verdaderos autores, todo y sólo lo que El quería.»

En otras palabras, las Escrituras tienen una autoría dual. Son, en un sentido histórico, escritas por seres humanos que no son tan diferentes de vosotros y de mí. Estos hombres vivieron en momentos particulares de la historia y se vieron movidos por sus circunstancias históricas a escribir lo que escribieron en beneficio de quienes vivían en su época. Por eso, uno puede acercarse a los textos bíblicos como un historiador: se pueden investigar las circunstancias de su composición, la historia de su redacción, la intención de sus autores.

Pero, al mismo tiempo, las Escrituras también tienen a Dios por autor; no en el sentido de que Dios escribió la Biblia y luego nos la entregó desde el cielo (como los musulmanes creen del Corán), sino más bien en el sentido de que Dios trabajó a través de seres humanos para producir las Escrituras; trabajó a través de la historia. Dios, de esta manera, no compite con los autores humanos. En cambio, la Escritura nos llega como si el autor de una historia hubiera hecho que uno de sus personajes escribiera un libro, de tal manera que lo que leemos es tanto la obra de ese personaje como la del autor de dicho personaje.

Y volviendo a esas dos trampas: caemos en el error respecto a las Escrituras si abrazamos una de estas autorías con exclusión de la otra. Si tratamos la Biblia como si solo Dios la hubiera escrito, negando cualquier relevancia a los autores históricos, estamos condenados al fracaso en nuestra interpretación y a caer en todo tipo de conclusiones embarazosas e improbables.

Esto es lo que sucede cuando oís a ciertos apologistas y pastores, particularmente en el mundo protestante (Rick Warren, por ejemplo), señalar el Antiguo Testamento y decir: «¡La Biblia contiene cientos y cientos de profecías específicas sobre Cristo, escritas hasta mil años antes de que naciera! ¡Qué probabilidades hay de que alguien pudiera hacer todas esas predicciones!». Esto suena bien, suena emocionante. Pero el problema es que, cuando se profundiza en muchas de estas profecías —estas llamadas predicciones— y se miran desde una perspectiva histórica, se descubre que los autores sagrados claramente no querían decir lo que estos apologistas modernos nos quieren hacer creer. En su lugar, lo que ocurre es que las palabras de la Escritura están siendo retorcidas y forzadas de una manera completamente antinatural a su sentido histórico, de una manera totalmente sofista e insincera. Se está afirmando a Dios como autor de la Escritura con exclusión de los autores humanos. Tales personas están practicando el peor tipo de “prueba por textos aislados” (proof-texting) y, claramente, si el cristianismo ha de tener alguna credibilidad, esto no es lo que Jesús estaba haciendo mientras caminaba por el camino de Emaús: él no estaba simplemente enumerando un montón de textos sacados de contexto y arrancados de su momento histórico.

Por supuesto, por otro lado, sabemos que Cristo no solo miraba a los autores históricos mientras caminaba hacia Emaús, ya que si olvidamos que Dios también está detrás del texto, entonces las Escrituras se vuelven muertas y estériles; reliquias polvorientas que son material de museo más que de una fe viva. Si todo lo que tenemos es lo histórico, en otras palabras, hablar de “cumplimiento” es simplemente un error de categoría.

Afortunadamente, existe una tercera vía por la cual podemos acercarnos a las Escrituras para ver cómo Jesús es su cumplimiento. En lugar de buscar textos de prueba o predicciones fotográficas, podemos, en cambio, contemplar la totalidad de la Escritura, toda la historia de Israel con todas sus diversas corrientes y líneas de desarrollo, y ver cómo confluyen, de una manera inesperada, en la persona de Jesús.

Así, vemos en Jesús al Siervo Sufriente de Isaías, al Nuevo Moisés del Deuteronomio, al rey eterno prometido a David, la nueva alianza prometida por Jeremías, el nuevo Templo visto por Ezequiel, y et cetera. Tomados por sí mismos, cada uno de estos elementos del Antiguo Testamento permanece sin realizar o realizado imperfectamente, además de extrañamente despegado e individual, como suspendido en el vacío. Pero, en Cristo, vemos que todos se unen de una manera que no podría haber sido anticipada de antemano.

Y es de esta manera que Cristo cumple las Escrituras: no en el sentido de desempeñar un papel predefinido que ya había sido cuidadosamente articulado y delineado por Moisés y los profetas, sino más bien reuniendo creativamente todos estos hilos sueltos de profecía y promesa en algo nuevo y definitivo. Por eso los discípulos solo son capaces de armar el rompecabezas tras la Resurrección. Porque es solo bajo esa luz, solo desde ese punto de vista retrospectivo que tiene como punto de partida la predicación apostólica de la muerte y resurrección de Cristo, que el Antiguo Testamento puede leerse correctamente teniendo a Cristo en su centro.

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