Quinto domingo del tiempo ordinario

Esta llamada que Jesús nos hace a ser la sal de la tierra, una ciudad en un monte, una vela en un candelero, llega al corazón de nuestra misión evangelizadora como cristianos. Se podría decir que es parte integral de lo que somos irradiar la luz de Cristo al mundo, un hecho que celebramos litúrgicamente la semana pasada en la Candelaria, la fiesta de la Presentación.

Pero si nuestro cristianismo quiere marcar la diferencia en el mundo, primero tiene que marcar la diferencia en nosotros. Al fin y al cabo, la sal es capaz de sazonar los alimentos porque tiene sabor que aportar, del mismo modo que una vela es capaz de iluminar una habitación porque es luminosa en sí misma. Agere sequitur esse: la acción sigue al ser, como dice la frase latina de los filósofos; se puede saber qué es una cosa por lo que hace. Por lo tanto, si queremos ser verdaderos cristianos, si queremos hacer lo que hacen los cristianos, si queremos proclamar a Cristo crucificado como San Pablo, si queremos cuidar de los sin techo y los hambrientos como nos exhorta Isaías, entonces primero debemos permitir que Jesús renueve y rehaga nuestras vidas. Debemos, como primera prioridad, aceptar el hecho de que no nos pertenecemos a nosotros mismos, sino a él, y debemos entregarle, una y otra vez, todo lo que somos y todo lo que tenemos, en cada momento de cada día.

En otras palabras, la fe no puede ser para nosotros algo aislado en un momento o un lugar. No podemos ser tibios; no podemos ser cristianos ocasionales. Por el contrario, la vida del Dios Trino, que se nos hace accesible a través del misterio pascual, debe llegar a dominar tanto nuestro ser que no podamos evitar dar testimonio de Cristo, del mismo modo que la sal no puede evitar saber salada, una ciudad situada en una montaña no puede evitar ser vista o una vela encendida no puede evitar brillar. Esta llamada de Jesús a ser la sal de la tierra no es, pues, simplemente una llamada a tomar en serio nuestra fe, aunque sin duda lo es, sino que es también, y de forma aún más profunda, una llamada a transformarnos en un nuevo tipo de ser, un ser que vive una vida divina.

Y, en la práctica, ¿cómo se hace esto? Esencialmente, lo que estamos hablando aquí es de crecer en los hábitos cristianos, crecer en las virtudes cristianas. Y las virtudes, como también nos dirían los filósofos, se adquieren practicándolas. Si deseas crecer en devoción, por ejemplo, lo harás realizando actos de piedad: asistiendo a misa, dedicando tiempo a la oración en silencio, leyendo las Escrituras, etc. Del mismo modo, si deseas crecer en caridad, lo harás realizando esfuerzos concretos por perdonar a los demás y cuidar de ellos, del mismo modo que un corredor entrena para correr corriendo.

 Al principio te costará esfuerzo. Quizá tengas que obligarte a rezar, quizá tengas que obligarte a dar limosna. Pero con el tiempo, a medida que esa virtud crezca en ti y la gracia actúe en tu corazón, te resultará cada vez más fácil. Mientras tanto, lo que se necesita es un poco de valor, un poco de perseverancia, un poco de confianza en la guía y las disciplinas de la Iglesia.

Y, entre estas disciplinas de la Iglesia, hay cinco preceptos, que son un poco como el plan de entrenamiento que un atleta podría recibir de un entrenador. Son cinco cosas que se nos exige hacer para que, al menos, nos ejercitemos en el grado mínimo necesario para alcanzar esa virtud cristiana de la que hemos estado hablando. Son las siguientes: primero, asistir a misa los domingos y días de precepto (aunque si es imposible, por ejemplo debido a la nieve, no es un pecado). Segundo, confesarnos al menos una vez cada año. Tercero, recibir la Sagrada Comunión al menos una vez al año durante la temporada de Pascua. Cuarto, observar los días de ayuno y abstinencia. Y quinto, proveer para las necesidades de la Iglesia.

En consonancia con ese último precepto está la Campaña del Obispo para los Ministerios, que es algo que, como diócesis, hacemos cada año, y que es realmente muy importante para una serie de ministerios específicos de toda la diócesis, como la formación del clero y seminaristas, el crecimiento de la educación católica y la pastoral universitaria, la provisión de alimentos, vivienda y atención médica a los necesitados a través de Catholic Charities y St. Mary’s Legacy Clinic, y la formación en la fe de las parroquias. Si aún no han hecho una promesa de donación para la campaña de este año, les invito a que levanten la mano y nuestros ujieres les traerán un sobre, uno por familia, y les invito a que lo rellenen ahora y durante los próximos minutos después de la homilía, para poder dejar las promesas de donación cumplimentadas a nuestros ujieres cuando salgan hoy de la iglesia.

Porque, sí, necesitamos tu apoyo financiero para mantener las luces encendidas y para hacer mucho más que eso; la misión evangelizadora de la Iglesia requiere recursos. Pero en medio de esa necesidad real, lo que no quiero que perdamos de vista es el hecho de que dar es una disciplina espiritual que produce frutos espirituales para quien da; es a través de momentos concretos como estos que uno crece en la virtud cristiana. Así que, tanto si ya han hecho una promesa este año como si están a punto de hacerlo, lo que no puedo dejar de recalcar es que esto es solo una parte de esa llamada total que tenemos a darlo todo, como Cristo lo dio todo. Tanto si dan poco como si dan mucho, Jesús sigue siendo el Señor de todo lo que tenéis, de todo lo que sois. Y así, en esa verdad, cada uno de nosotros tiene la responsabilidad de reflexionar sobre las formas particulares en las que, como Cristo, estamos llamados a ofrecerlo todo al Padre.

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