El destino de los santos, que ahora disfrutan de la visión beatífica de Dios, solo puede ser, desde nuestra perspectiva, algo maravilloso y misterioso. En nuestra primera lectura se nos relata una visión mística de su estado: una gran multitud que nadie podía contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas, de pie ante la presencia inefable de Dios en alabanza, adoración y veneración, junto con los ángeles. Los santos, de todos los tiempos y todos los lugares, unidos ante el trono de Dios.
Y luego, en nuestra segunda lectura, Juan habla de lo mismo: «Ahora somos hijos de Dios», dice, «pero aún no se ha manifestado cómo seremos al fin. Sabemos que cuando él se manifieste, vamos a ser semejantes a él, porque lo veremos tal cual es». Una vez más, nos encontramos con el límite del misterio, sabiendo dónde estaremos y por qué seremos transformados y quién nos transformará, pero aún así solo podemos preguntarnos cómo será disfrutar de ese estado futuro bendito.
Sin embargo, no tenemos ninguna duda de que será bendito, pues tenemos las propias palabras de Cristo en el Evangelio, quien, tras decirnos todas las formas en que seremos bendecidos por seguir sus enseñanzas, nos tranquiliza y nos anima diciendo: «Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos».
El destino de los santos es, pues, más de lo que podemos describir, más grande de lo que podemos imaginar. Para aquellos de nosotros que perseveremos y lleguemos a ese estado, podemos decir que entonces no nos faltará nada, que nos esperan cosas más grandiosas y maravillosas que cualquiera de las que tenemos o dejaremos atrás.
Y, sin embargo, tan maravilloso como esto es, tan maravilloso como el hecho de que se reserven cosas tan grandes para los fieles, es el hecho de que, incluso ahora, innumerables santos ya disfrutan de esta realidad. Para nosotros, la bienaventuranza es, al menos en parte, una maravilla desconocida, pero para muchos hombres y mujeres, para un sinnúmero de personas, ya no lo es, pues ya han pasado de la maravilla y la expectativa a la visión y la experiencia. Y aunque quizá no podamos nombrar a estos santos, pues seguramente solo unos pocos son conocidos, no nos son desconocidos, y esto por dos razones:
En primer lugar, son, si Dios quiere, nuestros antepasados, familiares, amigos y conocidos. La llamada a la santidad no es algo que solo se dirija a personas extraordinarias, los santos no son héroes de una época lejana, sino hombres y mujeres que son como nosotros en todo, excepto en que ya nos han precedido y, mientras nosotros aún recorremos el camino hacia la bienaventuranza, ellos ya han entrado en la tierra prometida. ¡Qué esperanza nos da esto para nuestra propia salvación! Porque, en verdad, si los santos son nuestros compañeros, entonces nosotros también, si cooperamos con la gracia de Dios, ¡debemos ser dignos de ser santos!
Y, en segundo lugar, y más profundamente, los santos no nos son desconocidos porque están con nosotros incluso ahora, incluso en esta misma liturgia. Son nuestros compañeros no solo en el sentido de que eran como nosotros durante su vida, y tal vez nos conocieron durante su vida, sino más aún porque en este mismo momento están unidos a nosotros, sobre todo en esta celebración, y cuando nosotros, a su vez, pasemos a la gloria, veremos cómo siempre ha sido así, cómo siempre hemos sido miembros del único cuerpo de Cristo, la única Iglesia indivisible y católica que se extiende más allá del reino de la muerte.
Así, en esta fiesta, honramos a estos innumerables santos anónimos y celebramos su victoria, al tiempo que nos preparamos para hacer nuestra su victoria, de modo que esta fiesta suya sea también algún día la nuestra (esta es la única fiesta por la que podemos ser ambiciosos). Y en esto, imploramos su intercesión, para que con su ayuda podamos unirnos a ellos en el paraíso.


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