Esfuércense en entrar por la puerta, que es angosta, dice nuestro Señor, pues yo les aseguro que muchos tratarán de entrar y no podrán. La falta de fuerza es lo que condena a uno a las tinieblas exteriores, según esta parábola. No es el no reconocer el camino de la salvación —tanto los que entran en la fiesta como los que se les niega la entrada reconocen dónde se encuentra el reino de Dios — sino que estos últimos, aunque reconocen la fiesta, se han mostrado demasiado débiles para participar en ella. De ellos, creo, habla nuestro Señor en otra parábola:
Alguna semilla fue sembrada en terreno pedregoso, y estos son los que oyen la palabra y la reciben inmediatamente con alegría; pero no tienen raíces, solo duran un tiempo, y cuando surge la tribulación o la persecución por causa de la palabra, inmediatamente se apartan. Y luego se sembró otra semilla entre espinos, y estos son los que oyen la palabra, pero las preocupaciones del mundo y el encanto de las riquezas ahogan la palabra, y no da fruto.
La salvación, en otras palabras, no consiste en responder al mensaje del Evangelio solo por un momento, y menos aún consiste en un mero asentimiento intelectual al señorío de Cristo y a las verdades de la fe. Más bien, la salvación consiste en configurarse a Cristo, en perseverar en la carrera y mantenerse firme ante las dificultades y las persecuciones, en resistir y rechazar los atractivos del mundo que nos desvían. Este es el camino que pasa por la puerta angosta y, como nos enseña el evangelio de hoy, para atravesarla se necesita fuerza.
¿Y qué es esta fuerza y de dónde viene? Ciertamente no es nuestra propia fuerza, y no viene de nosotros. El pelagianismo es una herejía, después de todo. Más bien, la fuerza para pasar por la puerta angosta, para entrar en el reino de los cielos y perseverar en la consecución de nuestra salvación, viene de Cristo mismo. Porque si el fin al que nos dirigimos es llegar a ser como Cristo, esto solo es posible porque Cristo mismo nos transformará con su gracia, gracia que se derrama sobre nosotros de la manera que Cristo ha elegido concederla: a saber, a través de la Iglesia, que continúa y perpetúa el ministerio salvífico de Cristo a lo largo de la historia.
Sin embargo, no se trata de un proceso simplemente pasivo, sino receptivo. Es cierto que no podemos conjurar la gracia por nosotros mismos, pero tampoco Jesús nos la impondrá. Si no tenemos la voluntad de recibirlo, si no deseamos ser transformados por su obra en la Iglesia, si preferimos los atractivos del mundo o si lo abandonamos ante el sufrimiento, entonces él nos dejará seguir el camino que hemos elegido, hacia nuestra ruina.
Pero si deseamos ser transformados, ser configurados con Cristo, ¿cómo será eso concretamente? En términos generales, implicará someternos a la disciplina. Porque el Señor corrige a los que ama, y da azotes a sus hijos predilectos. Así que no desprecies la corrección del Señor, ni te desanimes cuando te reprenda. ¿Y qué es la corrección, la disciplina del Señor? ¿No son las normas y preceptos de la Iglesia? Porque, así como Dios es nuestro Padre, la Iglesia es nuestra madre, y para alimentarnos en la fe no nos deja buscar nuestro propio camino, sino que actúa como nuestra formadora, ayudándonos a revestirnos de Cristo y a despojarnos del pecado, a través de Cristo que obra en la Iglesia y a través de ella.
Así, como enseña el catecismo, « Los mandamientos de la Iglesia se sitúan en la línea de una vida moral referida a la vida litúrgica y que se alimenta de ella. El carácter obligatorio de estas leyes positivas promulgadas por la autoridad eclesiástica tiene por fin garantizar a los fieles el mínimo indispensable en el espíritu de oración y en el esfuerzo moral, en el crecimiento del amor de Dios y del prójimo.». Son los siguientes:
Oír misa entera los domingos y demás fiestas de precepto y no realizar trabajos serviles.
Confesar los pecados al menos una vez al año.
Recibir el sacramento de la Eucaristía al menos por Pascua.
Abstenerse de comer carne y ayunar en los días establecidos por la Iglesia.
Ayudar a la Iglesia en sus necesidades.
Por supuesto, estos preceptos no son mágicos en sí mismos, como si bastara con cumplirlos para garantizar la santidad personal. Más bien, al igual que un entrenador da a un atleta un plan de entrenamiento para prepararse para una carrera, son un buen medio para ejercitarnos en aquellas virtudes cristianas que nos llevan a la santidad. Porque si queremos aprender a amar como Cristo nos llama, es muy beneficioso que una autoridad que ha sido puesta sobre nosotros precisamente para formarnos, con la ayuda de la gracia, nos saque de nosotros mismos y de nuestra propia voluntad para amar mejor a Dios y al prójimo.
Pero si queremos someternos a este entrenamiento, debemos estar preparados para encontrar el dolor. Porque ¿qué entrenamiento no es doloroso? Si quieres correr una maratón, por ejemplo (y puedo dar fe de ello), los entrenamientos que realizas para prepararte para el día de la carrera implicarán cierto dolor. O si estás estudiando para algo o trabajando en el desarrollo de una nueva habilidad, sin duda encontrarás períodos de dificultad y trabajo pesado, en los que se infiltrará la frustración o te invadirá el cansancio y te sentirás tentado a cerrar el libro o abandonar el esfuerzo. Porque es una verdad general que la virtud en cualquier cosa se obtiene con disciplina y corrección, y es cierto que de momento ninguna corrección nos causa alegría, sino más bien tristeza. Pero después produce, en los que la recibieron, frutos de paz y de santidad.
¿Cuánto más será así para nosotros, que buscamos alcanzar la salvación? Porque, en verdad, nuestros corazones deben ser renovados para ello. ¡Nuestros corazones de piedra deben ser quitados de nosotros y transformados en corazones de carne! Debemos aprender a dejar de amar tanto de lo que ahora amamos, y aprender a amar profundamente tanto de lo que aún no amamos como deberíamos. En otras palabras, la disciplina que nos fortalecerá para recorrer el camino estrecho implicará nada menos que morir a nuestro antiguo yo y renacer, tomar nuestra cruz y ser crucificados con Cristo para poder participar en su resurrección.
Así pues, cuando encuentren dificultades en el camino, cuando se enfrenten a esa fricción que es señal segura de un entrenamiento fructífero, recuerda la grandeza hacia la que caminan, para que ustedes pueden fortalecer sus manos cansadas y sus rodillas vacilantes, caminando por un camino plano, para que el cojo ya no se tropiece, sino más bien se alivie, y así pueden tener, al final, la alegría de sentarse a la mesa en el reino de Dios.


Leave a comment