Hace setenta y cinco años, en otro Año Santo en el que Roma, al igual que ahora durante este año jubilar, se veía abarrotada de peregrinos, el papa Pío XII, en el día de Todos los Santos, fue llevado en procesión a la plaza de San Pedro, donde, en presencia de obispos y arzobispos, cardenales y dignatarios, y unos setecientos mil fieles que llenaban la enorme plaza hasta rebosar, había venido a ensalzar munificentissimus Deus, la gran generosidad de Dios.
Más concretamente, había acudido, en su calidad de obispo de Roma, sucesor del Príncipe de los Apóstoles y vicario de Cristo en la Tierra, para definir solemnemente, como cuestión de fe divina y católica, el dogma de la Asunción de la Santísima Virgen María, en cuerpo y alma, al cielo al término de su vida terrenal, una declaración que fue la alegría culminante de aquel Jubileo de 1950.
Y aunque esta definición formal fue gran noticia en todo el mundo, fue un largo camino el que llevó al papa Pío a los escalones de San Pedro para proclamarla. Desde los inicios de la Iglesia, desde los días de los propios apóstoles, la teología cristiana se había construido a partir de diversas preguntas que, en cierto modo, eran variaciones de una única pregunta fundamental: dada la salvación y la gracia que hemos experimentado en Cristo, ¿qué podemos decir de Cristo? ¿Qué podemos decir de Dios?
De estas preguntas surgieron, tan pronto como las circunstancias lo permitieron, definiciones formales de la fe que salvaguardaban lo transmitido por los apóstoles del error y la incomprensión. Así, partiendo de la persona de Cristo, los primeros concilios afirman su divinidad: es consustancial con el Padre, unido también al Espíritu Santo, una sola sustancia divina, tres Personas divinas, porque nuestra salvación en Cristo no fue obra de un simple ser humano, sino de Dios mismo. Y, sin embargo, Jesús había sido sin duda un ser humano, pues de lo contrario nuestra naturaleza humana no habría sido redimida, ya que si no hubiera sido humano, no habría sido verdaderamente como nosotros, por lo que el Concilio de Éfeso, en el año 431, declaró de María que era verdaderamente Θεοτοκος, Deiparae, Madre de Dios; porque el Hijo de Dios, que existía antes de todos los siglos, se había encarnado en ella en la historia, siendo verdaderamente su hijo, así como ella, aunque era una criatura, era verdaderamente su madre.
Y esta verdad, como es natural, dirigió la mente de los fieles hacia los grandes privilegios que pertenecían a María como Madre de Dios, como incluso los evangelistas habían dejado claro: ella estaba llena de gracia, bendita entre las mujeres, digna de ser alabada por todas las generaciones. Tan llena de gracia era María, tan singularmente bendita entre toda la raza humana, que había permanecido virgen después del nacimiento de Cristo, tal como lo había sido antes. Tan favorecida era que, en anticipación de los méritos del sufrimiento y la muerte de Cristo, había sido inmaculadamente concebida por una gracia especial, preservada de la mancha del pecado original. Y, al igual que había crecido la conciencia de la Iglesia sobre estas grandes gracias en la vida de María, también había crecido el aprecio por un misterio más: que seguramente, para alguien tan favorecida, tan bendecida, cuya carne había dado carne a nuestro Salvador, los restos mortales de una mujer así no serían abandonados a la descomposición, sino que serían elevados, incluso en el momento de su muerte, para compartir la gloria de su Hijo resucitado y reinar con él como Reina Madre del Cielo.
Así, incluso en la antigüedad, nadie se atrevía a reclamar ninguna reliquia corporal de la Santísima Madre y, ya entonces, los padres y doctores de la Iglesia profesaban su fe en la Asunción. Por citar solo un ejemplo extenso, san Juan Damasceno escribe:
“Era necesario que Aquella que en el parto había conservado ilesa su virginidad conservase también sin ninguna corrupción su cuerpo después de la muerte. Era necesario que Aquella que había llevado en su seno al Creador hecho niño, habitase en los tabernáculos divinos. Era necesario que la Esposa del Padre habitase en los tálamos celestes. Era necesario que Aquella que había visto a su Hijo en la cruz, recibiendo en el corazón aquella espada de dolor de la que había sido inmune al darlo a luz, lo contemplase sentado a la diestra del Padre. Era necesario que la Madre de Dios poseyese lo que corresponde al Hijo y que por todas las criaturas fuese honrada como Madre y sierva de Dios.”
Fortalecidos por estos sentimientos, esta fiesta que celebramos se extendió por toda la Iglesia y obtuvo una aceptación cada vez mayor entre el pueblo cristiano, que veía en ella el cumplimiento de las palabras del salmista: «Levántate, Señor, y ve a tu lugar de descanso, tú y el arca que has santificado». Los grandes teólogos de la Edad Media sostuvieron la misma doctrina, y autoridades más recientes se sumaron a ellos. Por eso, San Roberto Belarmino pregunta:
“¿Quién podría creer que el arca de la santidad, el domicilio del Verbo, el templo del Espíritu Santo, haya caído? Mi alma aborrece el solo pensamiento de que aquella carne virginal que engendró a Dios, le dio a luz, le alimentó, le llevó, haya sido reducida a cenizas o haya sido dada por pasto a los gusanos.”
Así también San Alfonso: “Jesús preservó el cuerpo de María de la corrupción, porque redundaba en deshonor suyo que fuese comida de la podredumbre aquella carne virginal de la que Él se había vestido.”
Así, con el paso de los siglos, se fue haciendo cada vez más fuerte el clamor del pueblo cristiano para que lo que se celebraba y creía desde hacía mucho tiempo fuera finalmente afirmado con autoridad como dogma de fe. Esto casi se había hecho en el primer Concilio Vaticano, en 1869, y, desde el momento en que asumió el ministerio Petrino, el papa Pío XII se vio inundado de peticiones de todo el mundo, de obispos y fieles laicos, de grupos nacionales y congresos marianos, instándole a esta solemne definición. Así, en 1946, Pío preguntó a todos los obispos del mundo: “Si vosotros, venerables hermanos, en vuestra eximia sabiduría y prudencia, creéis que la Asunción corporal de la beatísima Virgen se puede proponer y definir como dogma de fe y si con vuestro clero y vuestro pueblo lo deseáis”.
La respuesta que recibió Pío fue una afirmación casi unánime, una señal segura de que el sensus fidelium, «la apreciación sobrenatural de la fe por parte de todo el pueblo, desde los obispos hasta el último de los fieles», que es en sí misma un signo infalible de la verdad en tales asuntos, ya que la Iglesia es guiada en todo momento por el Espíritu Santo hacia la plenitud de la verdad, ya había afirmado la doctrina de la Asunción antes de cualquier definición. Y así fue como cuatro años más tarde, en aquel día de noviembre de 1950, el papa Pío XII, ante los cientos de miles de personas reunidas en el Vaticano, añadió su propia voz a la de los padres y doctores, de los escolásticos y los santos:
“La augusta Madre de Dios, inmaculada en su concepción, Virgen sin mancha en su divina maternidad, generosa Socia del divino Redentor, que obtuvo un pleno triunfo sobre el pecado y sobre sus consecuencias, al fin, como supremo coronamiento de sus privilegios, fue preservada de la corrupción del sepulcro y vencida la muerte, como antes por su Hijo, fue elevada en alma y cuerpo a la gloria del cielo, donde resplandece como Reina a la diestra de su Hijo, Rey inmortal de los siglos.”
Pío esperaba con certeza que esta verdad redundara en gloria de la Santísima Trinidad, moviera a los fieles cristianos a un mayor amor hacia nuestra madre celestial, nos impulsara a participar más profundamente en las riquezas del cuerpo místico de Cristo, de las que María es la más rica, para que nos inspirara más profundamente su ejemplo de abandono total a la voluntad del Padre, y que tengamos una mayor fe en nuestra propia resurrección, viendo más claramente el gran destino que espera tanto a los cuerpos como a las almas de los que creen, cuán completa y gloriosa es la capacidad de Cristo para transformarnos.
Así, hace setenta y cinco años, el papa Pío se dirigió a la multitud:
“Por la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y por la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma de revelación divina que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste.”


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