17.ºdomingo del tiempo ordinario

¿Qué hacemos cuando rezamos? La respuesta obvia a esta pregunta es que, como vemos en tantos lugares, incluso dentro de esta liturgia, como en la colecta y las oraciones preparatorias y en las intercesiones generales, le pedimos cosas a Dios. Y, sin duda, eso es lo que hacemos. Sin embargo, hay en esta afirmación algo que resulta un poco incómodo, quizá, algo que no encaja del todo con nuestras tendencias modernas y, por lo tanto, racionalistas.

Esta escandalosidad, si no es una palabra demasiado fuerte, se manifiesta plenamente en la primera lectura, donde Abraham, en un episodio que parece casi ridículo, negocia con Dios, intentando disuadirlo, paso a paso, de su plan de destruir Sodoma y Gomorra. De hecho, Abraham casi parece estar regateando con Dios como se regatea con un vendedor en un mercadillo. De ahí el escándalo, tanto por el hecho de que alguien se atreva a hablar así al Dios del Universo, como por el hecho de que Dios, el impasible, el inmutable, el omnisciente, parezca conmovido por semejante mendicidad.

En cierto sentido, la oración, para expresar este problema de forma concisa, puede parecernos sin sentido, y ello por varias razones relacionadas entre sí. En primer lugar, como dejan claro las escrituras, nuestro Padre celestial ya conoce todas nuestras necesidades, ya conoce todos nuestros deseos y sabe lo que pedimos antes de que lo pidamos. Por lo tanto, surge naturalmente la pregunta: ¿qué sentido tiene pedir? En relación con esto, Dios es, como ya hemos señalado, impasible, inmutable. Porque yo, el Señor, no cambio, como dice el profeta Malaquías. Entonces, si Dios no cambia, ¿suponemos que con nuestras oraciones cambiaremos su mente? De hecho, si la mente de Dios fuera cambiante, no sería verdaderamente Dios. Y si todo esto es cierto, si Dios ya sabe lo que vamos a pedir y si su mente ya está decidida, ¿quiere que le recemos por razones meramente egoístas? ¿Disfruta de nuestra humillación? Estas son las preguntas que podría plantearse un escéptico excesivamente racional.

En respuesta, es cierto que Dios conoce nuestras oraciones antes de que las recitemos, y es igualmente cierto que nuestras oraciones no cambian la mente de Dios. Sin embargo, la oración no es por eso infructuosa o sin sentido. En primer lugar, aunque la oración no tenga ningún efecto sobre Dios, sin duda tiene un efecto sobre nosotros. Así, al orar, al pedirle a Dios las cosas que necesitamos, el hecho de pedirnos nos recuerda la necesidad de recurrir a la ayuda de Dios en estas cosas, ya que las cosas que pedimos cuando oramos, dejando de lado todas las demás cuestiones, nos son verdaderamente dadas por Dios.

Y luego está también el hecho de que Dios muy a menudo quiere que ciertas cosas sucedan en respuesta a las oraciones, de modo que esas oraciones, por la voluntad inmutable de Dios, desempeñan efectivamente una especie de papel causal en la producción de un efecto. Así ocurre con la oración de Abraham, pues fue según la providencia divina que Dios prometió, en respuesta a la súplica de Abraham, perdonar a Sodoma si encontraba allí tan solo diez justos.

Y, de hecho, lo que vemos aquí no es más que un ejemplo de un patrón que se encuentra en toda la obra de Dios, que se encuentra en todos los rincones de la teología católica: a saber, que Dios quiere que participemos en su obra, que seamos sus colaboradores. Porque Dios podría, en efecto, hacer todo por sí mismo, pero no ha querido hacerlo. No es celoso en ese sentido. Más bien, es más glorioso para él que los santos y la Virgen, que los ángeles y los cristianos comunes como vosotros y yo, por la gracia de Dios, desempeñemos un papel real en la economía de la salvación, como cuando compartimos la fe, cuando celebramos los sacramentos y adoramos juntos, y no menos importante, cuando rezamos, porque Dios ha querido que muchas de sus grandes obras se realicen en respuesta a nuestras oraciones.

Y sin embargo, quizá por encima de todo, sin restar importancia a nada de lo dicho, rezamos porque nos transformamos al pedir. No solo se nos recuerda la necesidad de depender de Dios para las cosas por las que rezamos, sino que la oración nos pone en conversación, en comunión con aquel que es nuestra propia vida. Por eso dice Crisóstomo: «Pensad en la felicidad que se os concede, en el honor que se os otorga, cuando conversáis con Dios en la oración, cuando habláis con Cristo, cuando pedís lo que queréis, lo que deseáis». La oración es, de este modo, un ingrediente esencial para crecer en santidad, y es sin duda en vista de este cambio que se opera en nosotros por lo que Dios se digna a veces actuar solo después de que hemos rezado, ya que, como dice san Gregorio, «al pedir, los hombres pueden merecer recibir lo que Dios todopoderoso ha dispuesto desde la eternidad darnos».

Así pues, contrariamente a cualquier reflexión escéptica, podemos afirmar con confianza que la oración es algo indispensable para el cristiano, verdaderamente indispensable para cualquier ser humano, y, en efecto, ¡ay de aquel que no ora! Porque es en la oración donde nos conformamos al fin para el que fuimos creados, es en la oración donde llegamos a confiar más plena y conscientemente en Dios para aquellas cosas que solo Él puede dar, y es mediante la oración donde llegamos a desempeñar un papel activo en el plan de Dios y nos hacemos dignos de recibir aquello por lo que oramos.

Porque, como dice Nuestro Señor, Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, toquen y se les abrirá. Solo tenemos que pedir como debemos, rezar como Él nos ha enseñado y, verdaderamente, ninguna de nuestras oraciones quedará sin respuesta.

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